“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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viernes, 2 de septiembre de 2005

REGLA RECTIFICADA

REGLA RECTIFICADA

El imprudente que espera la hora en que tiene que actuar para saber lo que debe hacer, sólo aprende por los reveses y el infortunio; y aquel que, para informarse sobre sus deberes espera el momento en que deberá cumplirlos, se expone a faltarles siempre.

I

Adora al Ser lleno de majestad que creó el Universo por un acto de su voluntad y que lo conserva por un efecto de su acción continuada. Prostérnate ante el Verbo encarnado, y bendice a la Providencia que te ha hecho nacer entre los cristianos. Demuestra en todas tus acciones una moralidad esclarecida, sin hipocresía y sin ostentación.

II

Recuerda siempre que el hombre fue la obra maestra de la Creación, ya que Dios mismo lo creo a su imagen y semejanza. Convéncete de la naturaleza inmortal de tu alma, y separa cuidadosamente este principio celeste e indestructible de alianzas extrañas.

III

Tu primera ofrenda pertenece a la Divinidad, la segunda, al soberano que la representa sobre esta tierra. Quiere a tu patria, honora a sus jefes; cumple escrupulosamente con todas las obligaciones de un buen ciudadano, y piensa que ellas han sido santificadas por los votos libres del Masón; infringirlas representa añadir la ingratitud al perjurio.

IV

Salidos de un tronco común, quiere como Hermanos a todos tus semejantes, ellos tienen un alma inmortal como la tuya. El universo es la patria del Masón, y nada de lo que concierna al hombre le es extraño. Respeta la asociación masónica extendida por todas partes, y ven a dedicar en nuestros templos tu ofrenda a la beneficencia.

V

Dios, pudiendo bastarse a sí mismo, se dignó comunicarse a los hombres. Acércate a este modelo infinito, derramando sobre tu prójimo toda la masa de felicidad que esté en tu poder. Todo lo que el espíritu humano pueda concebir de bueno, está sometido a tu acción. Que una beneficencia activa, esclarecida y universal sea el principio de tu conducta. Previene el grito de la miseria; no le seas nunca insensible. Huye de la avaricia y la ostentación, no busques la recompensa del bien en la aprobación de la multitud, sino en el fondo de tu corazón. Y cuando veas que no puedes hacer dichosos a tantos como tú quisieras, mira el conjunto sagrado de buenas acciones que nos une, y coopera según tus posibilidades y capacidades en nuestros útiles establecimientos.

VI

Sé afable y servicial, que tu ejemplo inspire en todos los corazones el amor por la virtud; comparte sinceramente las penas y las alegrías de tu prójimo, y que la envidia no enturbie jamás este gozo. Perdona a tu enemigo, ámale, hazle bien; cumplirás así con uno de los preceptos más sublimes de la moral sagrada y reencontrarás los vestigios de tu antigua grandeza.

VII

Sondea los pliegues escondidos de tu corazón. Tu alma es la piedra bruta que debes desbastar. Dedica al Ser Supremo la ofrenda de tus acciones ordenadas y tus pasiones vencidas. Que tus costumbres sean puras y que tu alma sea cierta, pura y recta. Evita el escándalo, teme a los frutos amargos del orgullo, que perdió al hombre. Estudia los jeroglíficos de la Orden, ellos velan grandes verdades, y gracias a esa meditación llegarás a ser mejor.

VIII

Todo Masón, de cualquier comunión cristiana, país o condición que sea, es tu Hermano, y tiene derechos sobre tu asistencia. Respeta en la sociedad las distancias legítimas. En nuestros templos, sólo consideramos las existentes entre la virtud y el vicio. Guárdate de establecer toda distinción profana que lesionaría nuestra igualdad, y no te avergüences jamás en el mundo de un hombre honesto al que aquí has abrazado como a tu Hermano. No hagas esperar el socorro que puedas ofrecer, intenta reconducir al que se equivoca. Si se levantan nubarrones entre los Hermanos, trabaja sin descanso por disiparlos, ya que solamente la concordia puede cimentar nuestros trabajos.

IX

No te apartes jamás de las obligaciones impuestas a los Masones las cuales tú has aceptado libremente; respeta a tus superiores, obedéceles; ellos hablan en nombre de las leyes. Que el compromiso que has formulado de guardar nuestros secretos, esté siempre en tu memoria, si osas vulnerarlo, tu corazón siempre te lo reprochará y todos los Masones te abandonarán.

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