“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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domingo, 15 de julio de 2012

De los cuerpos espirituales o celestes. Orígenes de Alejandría


Orígenes de Alejandría 
(185-254)
“Un gran autor, un gran hombre y uno de los más sublimes teólogos que haya ilustrado a la Iglesia...”,
según Joseph de Maistre
(Aclaraciones sobre los sacrificios, capítulo III)

La resurrección de la carne

(Contra Celso V. 18s.)

  
Ni nosotros ni las divinas escrituras decimos que los que murieron de antiguo al resucitar de la tierra vivirán con la misma carne que tenían sin sufrir cambio alguno en mejor... Porque hemos oído muchas escrituras que hablan de la resurrección de una manera digna de Dios. Por el momento basta aducir las palabras de Pablo en su primera a los Corintios (15, 35ss): “Dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Y con qué género de cuerpo se presentarán? Insensato: lo que tú siembras no brota a la vida si no muere. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de ser, sino un simple grano, por ejemplo, de trigo o de alguna otra semilla. Pero Dios le da un cuerpo como quiere, y a cada una de las semillas su cuerpo correspondiente”. Fíjate, pues, cómo en estas palabras dice que no se siembra “el cuerpo que ha de ser”, sino que de lo que es sembrado y arrojado como grano desnudo en la tierra da Dios “a cada una de las semillas su cuerpo correspondiente”; algo así sucede con la resurrección. Pues de la semilla que se arroja surge a veces una espiga, y a veces un árbol como la mostaza, o un árbol todavía mayor en el caso del olivo de hueso o de los frutales.

Así pues, Dios da a cada uno un cuerpo según lo que ha determinado: así sucede con lo que se siembra, y también con lo que viene a ser una especie de siembra, la muerte: en el tiempo conveniente, de lo que se ha sembrado volverá a tomar cada uno el cuerpo que Dios le ha designado según sus méritos. Oímos también que la Biblia nos enseña en muchos pasajes que hay una diferencia entre lo que viene a ser como semilla que se siembra y lo que viene a ser como lo que nace de ella. Dice: “Se siembra en corrupción, surge en incorrupción; se siembra en deshonor, surge con gloria; se siembra en debilidad, surge con fuerza; se siembra un cuerpo natural, surge un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42). El que pueda que procure todavía entender lo que quiso decir el que dijo: “Cual terrestres, así son los hombres terrestres, y cual celestes, así son los hombres celestes. Y de la misma manera en que llevamos la imagen del terrestre, así llevamos la imagen del celeste” (1 Cor 15, 48). Y aunque el Apóstol quiere ocultar en este punto los aspectos misteriosos que no serían oportunos para los más simples y para los oídos de la masa de los que son inducidos a una vida mejor por la simple fe, sin embargos para que no interpretáramos mal sus palabras, después de “llevaremos la imagen celeste” se vio obligado a decir: “Os digo esto, hermanos, que ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de los cielos, ni la corrupción hereda la incorrupción”. Luego, puesto que tenía conciencia de que hay algo de inefable y misterioso en este punto, y como convenía a uno que dejaba a la posteridad por escrito lo que él sentía, añade: “Mirad que os hablo de un misterio”. Ordinariamente esto se dice de las doctrinas más profundas y más místicas y que con razón se mantienen ocultas al vulgo...

No es de gusanos, pues, nuestra esperanza, ni anhela nuestra alma un cuerpo que se ha corrompido; sino que el alma, si bien necesita de un cuerpo para moverse en el espacio local, cuando está instruida en la sabiduría -según aquello: “La boca del justo practicará la sabiduría” (Sal 36, 30)- conoce la diferencia entre la habitación terrestre que se corrompe, en la que está el tabernáculo, y el mismo tabernáculo, en el cual los que son justos gimen afligidos porque no quieren ser despojados del tabernáculo, sino que quieren revestirse con el tabernáculo, para que al revestirse así “lo que es mortal sea tragado por la vida” (Cf. 2 Cor 5, 1).

La resurrección de la carne y el poder de Dios sobre la naturaleza

(Contra Celso V. 23)


Nosotros no decimos que el cuerpo que se ha corrompido retorne a su naturaleza originaria, como tampoco el grano de trigo que se ha corrompido vuelve a ser aquel grano de trigo (Cf. 1 Cor 15, 37). Decimos que así como del grano de trigo surge la espiga, así hay cierto principio incorruptible en el cuerpo, del cual surge el cuerpo “en incorrupción” (1 Cor 15, 42). Son los estoicos los que dicen que el cuerpo que se ha corrompido enteramente vuelve a recobrar su naturaleza originaria, pues admiten la doctrina de que hay períodos idénticos. Fundados en lo que ellos creen una necesidad lógica, dicen que todo se recompondrá de nuevo según la misma composición primera de la que se originó la disolución. Pero nosotros no nos refugiamos en un argumento tan poco asequible como el de que todo es posible para Dios, pues tenemos conciencia de que no comprendemos la palabra «todo» aplicada a cosas inexistentes o inconcebibles. En cambio decimos que Dios no puede hacer cosa mala, pues el dios que pudiera hacerla no sería Dios. “Si Dios hace algo malo, no es Dios” (Euríp. fr. 292 Nauck).

Cuando afirma Celso que Dios no quiere lo que es contra la naturaleza, hay que hacer una distinción en lo que dice. Si para uno lo que es contra la naturaleza equivale al mal, también nosotros decimos que Dios no quiere lo que es contra la naturaleza, como no quiere lo que proviene del mal o del absurdo. Pero si se refiere a lo que se hace según la inteligencia y la voluntad de Dios, se sigue necesaria e inmediatamente que esto no será contra la naturaleza, ya que no puede ser contra la naturaleza lo que hace Dios, aunque sean cosas extraordinarias o que parecen serlo a algunos.

Si nos fuerzan a usar estos términos, diremos que con respecto a lo que comúnmente se considera naturaleza, Dios puede a veces hacer cosas que están por encima de tal naturaleza, levantando al hombre sobre la naturaleza humana, y transmutándolo en una naturaleza superior y más divina, y conservándolo en ella todo el tiempo en que el que es así conservado manifiesta por sus acciones que quiere seguir en esta condición.

Cuerpos transfigurados y etéreos

(Comentarios al Ev. de Mateo XVII,30)


“…los que son juzgados dignos de la resurrección de los muertos devienen como ángeles en el cielo (no solamente por la ausencia de actividad sexual), también porque los cuerpos de humillación transfigurados devienen semejantes a los cuerpos de los ángeles, etéreos, una luz centelleante (augoeidès)”.


Sobre la escatología de Orígenes:


Orígenes parte de un hecho: los elementos materiales del cuerpo se renuevan sin cesar. Nadie puede por tanto asegurar la identidad del cuerpo consigo mismo, ni su permanencia, incluso en la vida actual, y con mayor razón en la del más allá. Los cuerpos están sometidos a un devenir. La unidad del cuerpo terrestre y de los cuerpos gloriosos es del orden de la sustancia (=ousía). Orígenes adopta aquí la concepción estoica de ousía que puede recibir todas las formas posibles, sin comprometerse con ninguna: “aquí abajo” “la substancia humana” de los individuos se siente afectada por cualidades terrestres, “allá arriba” por cualidades celestes, adaptadas al mundo nuevo. La unidad también depende en términos estoicos de un Logos espermático o razón seminal, que está presente en el cuerpo terrestre y que germinará para dar lugar al cuerpo glorioso.

Todo cuerpo sustentado por la naturaleza que le incorpora elementos foráneos, a manera de alimentos, y que evacua otros en intercambio de lo que le entra, no tiene nunca el mismo substrato (=hypokeimenon), no permanece el mismo ni por dos días; por eso el cuerpo puede denominarse río. Y sin embargo, Pedro o Pablo, siguen siendo los mismos, manteniendo una identidad que no es la del alma, cuya esencia no se diluye, ni sufre la introducción de elementos externos: permanece el mismo, incluso siendo naturaleza de cuerpo fluente; porque la forma que caracteriza al cuerpo es la misma. Esta forma corporal la revestirá el alma de nuevo en la resurrección, mejorada, pero no en absoluto el substrato, que se le había sido concedido al comienzo. Como la forma del bebé subsiste en el anciano, incluso si los caracteres parece que han sufrido enormes cambios. El santo tendrá un cuerpo, mantenido ahora en estado de resurrección, según le imponía entonces la forma a la carne; pero ya no habrá más carne. Los caracteres que estaban impresos en la carne, lo serán en el cuerpo espiritual. La cuestión fundamental no es aquí el misterio de la identidad del cuerpo terrestre con el resucitado, pues esto sólo es una consecuencia, sino lo que asegura la permanencia del cuerpo terrestre, a pesar del flujo constante de elementos materiales.

En el tratado de la Oración Orígenes distingue las dos esencias: una sustancia espiritual que queda inconmovible y la otra corporal, accesible a cualquier cualidad pero sin compromiso con ninguna. Esta segunda ousía (=esencia) le permite explicar en muchos textos la permanencia del cuerpo actual en el resucitado (Orac 27,8 ; PArj 3,6,7.).

Es la silueta (=eidos) corporal, mortal por naturaleza, pero que recibirá de Cristo una nueva vida, es análogo a la idea platónica y la forma aristotélica; pero mantiene con respecto a ambas una cierta distancia. Es por tanto el principio de unidad, de desarrollo, de existencia y de personalización del cuerpo: se manifiesta por fuera mediante rasgos que caracterizan al personaje, pero no se confunde con la apariencia exterior cambiante, que corresponde a lo que es una vestimenta (=sjêma). El cambio de la cualidad terrestre en cualidad etérea (celeste), al menos después de la Ascensión, no extorsiona en nada la identidad de la silueta (el eidos).

Por tanto, en la resurrección espiritual los cuerpos terrenos de los bienaventurados devienen etéreos: la silueta permanece la misma pero cambia la “cualidad”, que de terrenal deviene celestial. Los cuerpos gloriosos son calificados, pues, de “centelleantes” (augoeidè) y etéreos.  

2 comentarios:

  1. “…los que son juzgados dignos de la resurrección de los muertos devienen como ángeles en el cielo (no solamente por la ausencia de actividad sexual), también porque los cuerpos de humillación transfigurados devienen semejantes a los cuerpos de los ángeles, etéreos, una luz centelleante (augoeidès)”.

    C'est exactement ça. Le corps originel de l'homme, qui était un corps glorieux, qui a ensuite été "humilié", matérialisé, enténébré à cause de la chute, ressuscitera en ayant recouvré sa gloire première qui n'est autre que la lumière divine.

    L'Eglise orthodoxe chante, lors de la liturgie d'enterrement : "Mon corps humilié ressuscitera glrieusement".

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  2. Esto mismo se presenta prefigurado en la resurrección gloriosa de Hiran, en la 3ª Plancha del grado de Maestro Escocés de San Andrés, y en su explicación de la instrucción final:

    "Le veis ahora saliendo de la tumba, resucitando glorioso, rodeado por las virtudes que tan heroicamente ha practicado y que le conducen a la feliz inmortalidad. [...] resucitando con su cortejo para la eternidad".

    Hiram prefigura igualmente a Cristo, modelo de resurrección gloriosa para el hombre y puerta de acceso a la misma:

    "Hiram resucitado y saliendo gloriosamente de su tumba, rodeado de las mismas virtudes, recibidas del Creador, y que debían conducirlo a la inmortalidad, os recuerda al Hombre-Dios y divino, del que el maestro Hiram es el emblema, que por su resurrección gloriosa en un cuerpo incorruptible, manifestado voluntariamente, hizo conocer a sus discípulos el estado al que debían aspirar". IS-GP

    Y sobre la resurrección de los cuerpos gloriosos Willermoz es muy explícito al respecto:

    "Preguntamos a esos hombres carnales y materiales que no ven nada más que por los ojos de la materia, y aquellos que son lo bastante infelices como para negar la espiritualidad de su ser, y a los que también, unidos exclusivamente al sentido literal de las tradiciones religiosas, no quieren ver en la forma corporal del hombre primitivo antes de su caída más que un cuerpo de materia como el del que están actualmente revestidos, reconociendo solamente una materia más purificada. Es Jesús-Cristo mismo el que va a probarles la diferencia esencial de estas dos formas corporales y su destino, revistiéndose de una después de su resurrección, después de haber destruido la otra en la tumba".
    "Jesús-Cristo deposita en la tumba los elementos de la materia, y resucita en una forma gloriosa que ya no tiene más la apariencia de la materia, que incluso no conserva los Principios elementales, y que no es más que una envoltura inmaterial del ser esencial que quiere manifestar su acción espiritual y la hace visible a los hombres revestidos de materia".
    Tratado de las dos naturalezas, epígrafe 18.

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