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domingo, 16 de septiembre de 2012

La carne no puede ser "espiritualizada" según Martines. Jean-Marc Vivenza


Este texto corresponde al apartado VI del trabajo


Es importante en este momento, antes de abordar la cuestión de la reintegración como aniquilamiento y disolución del universo material y todas las formas corporales carnales, entender el sentido de la situación general que Martines desarrolla ante los ojos del lector, situación en forma de explicación para convencer a sus discípulos cuando afirma que el universo físico material edificado por orden del Creador por los “espíritus inferiores productores de las tres esencias espirituosas de donde provienen todas las formas corporales” (Tratado, 256), responde a una necesidad que se impone a Dios, teniendo por función este universo poner en privación a los malos espíritus: “El Creador utilizó la fuerza de las leyes sobre su inmutabilidad, quedando este universo físico con apariencia de forma material, para ser el lugar fijo donde estos espíritus malignos tendrían que actuar y ejercer en privación toda su malicia” (Tratado, 6). Pues Adán, aunque originalmente creado glorioso e inmaterial, por su caída, arrastra a continuación a todas las generaciones a sufrir en privación una existencia animal en un mundo material donde las huellas del mal están siempre presentes (Tratado, 24), obligándonos a vivir en una terrible depravación experimentando los efectos de la creación pasiva, mancillada e impura: “Adán, [en su estado de gloria] era un ser puramente espiritual y no estaba sujeto a ninguna forma de materia, porque ningún espíritu puro puede ser contenido en una forma de materia, sino los que han prevaricado” (Tratado, 257).

Es fácil de entender la idea de la Creación “necesaria” para el Creador impuesta para contener a los malos espíritus en el interior de la materia, idea situada como fuente primaria en toda construcción doctrinal de Martines: “Sin esta prevaricación no hubiese habido creación material temporal, ni terrestre ni celeste” (Tratado, 224), lo que conduce lógicamente a una segunda idea que es común: la espera de la disolución de la llamada “materia tenebrosa”, el aniquilamiento de la carne impura, para que todo vuelva a la Unidad.

Para que la carne fuese salva y estuviese destinada al gozo del Reino, es decir, “espiritualizada”, su naturaleza no debería participar del origen de una esencia “necesaria” teniendo un “lugar fijo” para que los demonios puedan “ejercer toda su malicia”, como sostiene Martines; es una cuestión de lógica elemental en el plano metafísico. Esta es la lógica que respeta la Iglesia, para la que la carne es la base en el seno de la creación de un don de Dios, una bendición ofrecida en los primeros tiempos de la humanidad cuando el Eterno concibió a Adán y Eva en sus cuerpos carnales (Génesis 1:26-31) - el cuerpo ciertamente incorruptible, eterno y material, es decir, el cuerpo concreto de la “carne” y no los cuerpos espirituales intangibles, y de este modo no se entiende por qué, efectivamente (y es sobre lo que insisten los Padres de la Iglesia, como san Ireneo) tendría que ser un don, seguidamente dañado por el pecado original cometido por nuestros primeros padres, pero en su sustancia creada justa y perfecta porque “Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1:31), estando condenada a la aniquilación y la destrucción; esto no tendría absolutamente ningún sentido en términos del plan divino y las bendiciones del Creador que se darían sin arrepentimiento. Y la Iglesia, debido a su punto de vista dogmático, sostiene con fuerza: “La carne es el soporte de la salvación” (Tertuliano, res. 8, 2). “Creemos en Dios que es el creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para redimir a la carne; creemos en la resurrección de la carne, la finalización de la creación y de la redención de la carne” (Catecismo de la Iglesia Católica, resumen del artículo 11 - "Creo en la resurrección de la carne", 1992).

La Creación para la Iglesia es libre, Dios no ha creado por necesidad, la creación no fue una manifestación necesaria, no fue impuesta a Dios ni por necesidad externa (prevaricación de los espíritus), ni por una necesidad interna (el desarrollo dialéctico de la divinidad). La Creación, según los Padres, no es una teogonía, es una gracia, incluso la primera gracia, la gracia creatix, ligada a la gracia salvatrix y reparatrix según Hugo de San Víctor (+1141), ya que el  cristianismo fue concebido esencialmente por la mayoría de doctores y teólogos como siendo una metafísica de la caridad. Sin embargo, la concepción martinesista de la Creación, tomando en su lugar las corrientes neoplatónicas y el origenismo, es una metafísica de la necesidad, una metafísica del alejamiento de la Unidad y de la corrupción.

Esto explica por qué para Martines, como para Willermoz y Saint-Martin, el compuesto material, la carne, el universo físico, son un “lugar de privación”, un fruto tenebroso, pues es consecuencia de una ruptura, una fractura, de un drama celeste que es el de la prevaricación demoniaca y después adámica. La  materia es pues una prisión corrompida e infectada en la que el primer hombre, ser puramente espiritual teniendo una forma corporal inmaterial, no dotada de carne y de materia en su origen, se precipitó, siendo conducido de este hecho a la esperanza (viéndola como la felicidad a la que es normal y legítimo aspirar) de la aniquilación de esta forma de materia por una disolución que “borrará completamente” la “figura corporal del hombre y hace que se aniquile este cuerpo miserable, lo mismo que el sol hace que desaparezca el día de la superficie terrestre cuando la priva de su luz” (Tratado, 111). No se podía ser más claro sobre el destino de la carne y el mundo material concebido por Martines, este destino de la aniquilación destaca en varias partes del Tratado de la reintegración de los seres: “La creación solo pertenece a la materia aparente, que al provenir solamente de la imaginación divina, debe volver a la nada” (Tratado, 138) (ver post anterior).

De hecho, un texto muy interesante, que no figura en el Tratado de la reintegración pero que resume los puntos principales de la doctrina de Martines sobre la degeneración de Adán, el pecado original, la aniquilación del cuerpo material y el destino puramente espiritual de las formas, resume bastante bien lo que acabamos de describir: “La sentencia dictada por el Eterno sobre el primer hombre fue muy justa y su prevaricación debía ser castigada con la privación a la que esta pena le precipita. El hombre hoy, teniendo un mismo origen por su forma corporal, debe participar del castigo corporal que también tiene el mismo origen. En cuanto al ser espiritual, debe acabar lo que el primer hombre aún debe espiritualmente a la justicia divina. Cuán grande debió ser la falta de nuestro primer Padre temporal para que degenerase de su estado de gloria hasta ser revestido con un cuerpo de materia que no había sido hecho para él; hasta llegar a alcanzar a toda su posteridad con su crimen y su castigo: y esta es la fuente del pecado original por la que todos los hombres están corrompidos. (...) La incorporación del Mesías en una forma corporal humana demuestra físicamente la prevaricación del primer Adán. La muerte temporal corporal de Cristo nos muestra el aniquilamiento de Adán y su reconciliación tras la pena de privación. La resurrección de Cristo sobre una forma de cuerpo de gloria nos representa a la perfección el primer estado del primer hombre-Dios de la tierra, cuando estaba revestido con un cuerpo semejante puro y glorioso, no sujeto a la corrupción(ver refewrencia en post anterior).

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