“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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sábado, 27 de octubre de 2012

Discurso de Jean de Turkhein en el Convento de las Galias de 1778



RÉGIMEN ESCOCÉS & RECTIFICADO
Convento de las Galias celebrado en Lyon en 1778
6ª Sesión del 22 de Noviembre
Discurso de
Jean de Turkhein, e. a Flumine
 
¡Muy Magnífico, Muy Reverendos Hermanos!

Una nueva legislación acaba de reformar los abusos de la antigua; la Ciudad Santa está purificada y sobre sus altares humea ya el incienso de las buenas obras que ofrecemos como tributo a la Divinidad. Caballeros Bienhechores, defensores de la santa Religión de Cristo, soportes de la humanidad afligida, acabamos de trazar vuestros deberes y nuestros votos están escritos en el cielo. Una posteridad agradecida bendecirá nuestros trabajos desinteresados, y ya vuestros corazones se estremecen de esta voluptuosidad dulce que es la recompensa más sublime de la virtud. Traigamos de nuevo a la Tierra la imagen de esta Ciudad Santa a la que las esperanzas del sabio y las certidumbres del cristiano tienden igualmente. Hermanos míos, iluminemos al hombre sobre sus necesidades, sin orgullo; aliviemos sus dolores sin ostentación; destruyamos sus prejuicios, sin violencia. ¡Que nuestros Templos sean la patria universal de las almas sensibles; que la prudencia severa, apoyada en las santas costumbres, se  asiente en la puerta de nuestra Ciudad y aparte para siempre los corazones duros y perversos! ¡Qué feliz estoy, hermanos míos, por haber colaborado en nuestros trabajos! Vuestra amistad me lo pagó con creces.

Reunamos tantas fuerzas individuales como sea posible para formar un depósito de luces y buenos hechos. Hay necesidades físicas no satisfechas de las que la beneficencia debe secar la fuente. Nuevos pelícanos, que vuestro pecho se abra para saciar al infortunado que se esté secando en la miseria, para cambiar las lágrimas de sangre que vierte en lágrimas de alegría y agradecimiento. Pero también hay necesidades morales no menos preciosas para el espíritu justo que, atormentado por las incertidumbres que le rodean desde la cuna, cansado del vacío de las ciencias humanas que ha consultado en vano, las cuales sólo le ofrecieron, en lugar de verdades, errores brillantes y palabras vacías de sentido, suspira tras nociones más precisas sobre su origen, sobre el destino, sobre sus fuerzas, y es tentado a descender en sí mismo para despertar el germen de estas cualidades originarias en todo hombre que fue creado a imagen de la Divinidad, pero que están ocultas por la pereza que los envuelve o el prejuicio que los destruye. No descuidemos, hermanos míos, satisfacer también las necesidades de esta clase, saciar la sed de la virtud que arde en los corazones más sensibles.

No predico el ascetismo; lejos de mí cualquier contemplación puramente pasiva que aísla al ciudadano y seca su corazón. Lejos de nosotros estas sombrías meditaciones que concentran la imaginación exaltada en los gabinetes apartados, la pierden en las esferas ideales y la apartan del servicio a la sociedad. Lejos de nosotros estas combinaciones alquímicas, tan peligrosas por su atractivo, a cuyas locuras ciertamente debemos de forma accidental algunos descubrimientos interesantes, pero que una química esclarecida proscribió y expone al ridículo y a la miseria.

Pero separemos de estos errores, de estas locuras, la  ocupación más noble del hombre, depositario del soplo divino que lo anima: la augusta contemplación de la Verdad. Cuando hayamos advertido lo superfluo para la humanidad afligida; cuando hayamos proporcionado a nuestros corazones un alimento sublime, no impidamos a los que prefieran los placeres engañosos de la sociedad, la ebriedad pasajera de los sentidos, descansos más útiles y satisfactorios, llevar a las tinieblas del espíritu humano la llama de la Verdad, la cual quizás no luzca en las escuelas de Ciencia vulgar. No agitemos en las funciones augustas del sacerdocio primitivo a estos sabios modestos, que no buscan la ciencia para enorgullecerse y provocar la admiración, sino para hacerse mejores y más útiles. Si los progresos de las luces preparadas por la duda modesta, por esta desconfianza sabia de los prejuicios vulgares que prescribió Descartes, no son lo bastante visibles para hacernos creer que por fin algunos espíritus privilegiados y bien intencionados podrán forzar la verdad hasta sus últimos reductos y recobrar el fuego sagrado que hemos perdido; al menos, Muy Respetables Hermanos, me atrevo a reclamar en favor de nuestros HH. que la buscan esta tolerancia dulce, grito del siglo, base de nuestra Orden. ¿Por qué, por un ridículo que no merecieron, que el mismo sabio a veces tiene la debilidad de temer demasiado, forzarlos a abandonar nuestra Ciudad bienhechora y hundirse en los asilos más apartados? ¿Por qué disminuir la masa de los beneficios y de las luces que deberíamos estar celosos de aumentar? ¿Acaso no es hacernos cómplices de su deserción y responsables para con la humanidad de los recursos que les hemos quitado sin necesidad?

Pero voy más allá; los monumentos más auténticos nos obligan a creer que la Masonería es más antigua que nuestra S[anta] O[rden], de los cuales ella misma fue depositaria durante algún tiempo; que estos símbolos son la corteza de las verdades preciosas y eternas. Pues, ¿no sería desnaturalizar esta sociedad antigua y augusta, quitarle los medios que le son propios para iluminarse, dando un sentido exclusivo a sus alegorías, cuyo mérito es quizás encerrar varias?

Uno de los objetos de este Convento debería ser la comunicación de las investigaciones hechas por diferentes HH. sobre la antigüedad de la Masonería y sobre su objetivo primitivo. Encargado de reagruparlos, contaba con presentar los resultados a esta augusta asamblea; pero los trabajos de redacción del código absorbieron todo mi tiempo. En la impotencia de cumplir con mis compromisos al completo, leeré hoy, bajo la complacencia del Convento, la primera parte de las instrucciones, la cual es histórica. Vuestras Reverencias resolverán sobre el uso que se podría hacer de ello, y quizás tenga alguna influencia sobre las respuestas que dar a las preguntas de los HH. de Montpellier”.

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