“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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lunes, 23 de septiembre de 2013

Método para leer el Tratado de la Reintegración de Martinez de Pasqually



 

La doctrina de la reintegración es el corazón del Régimen Escocés & Rectificado, ahora bien, es necesario conocerla, estudiarla y profundizar en ella. La Logia de Estudio e Investigación del Directorio Nacional Rectificado de Francia, Prunelle de Lière – A Tribus Oculis, ha tomado la afortunada decisión de publicar las aclaraciones que proporcionó Jean-Baptiste Willermoz a Jean de Türkheim, en las cuales le indicaba cómo leer seriamente y con provecho el Tratado de la reintegración de los seres de Martines de Pasqually. Pensamos que para los lectores contemporáneos, sobre todo si son miembros del Régimen Escocés & Rectificado, será muy útil rememorar los consejos de Willermoz, y sobre todo aplicarlos en la lectura, que esperamos asidua y atenta, del Tratado.

En su Introducción al Tratado de la Reintegración...., edición Dumas 1974, Robert Amadou nos advierte y nos da el método para “leer, vivir” el Tratado. Cita una carta[1]  de Jean-Baptiste Willermoz a Jean de Türkheim, del 25 de marzo de 1822.

Un alumno de la escuela en la cual se practicaba este manual bajo la dirección del maestro  nos inculca el método:
“El Tratado de la reintegración de los seres es un escollo para la multitud de lectores ligeros y frívolos que abundan en todas partes desde hace cierto tiempo, sobre todo en Alemania, donde se acostumbra más que en otros países a juzgar las cosas más graves de manera superficial. El autor destinó su obra a los Réaux, o a aquellos que se mostraban más cerca de serlo. Su muerte, así como la de aquellos que tenían copias, cambió su destino [finalidad]. Han caído en manos extrañas y han provocado tristes efectos; una de ellas llegó a sus manos. Dios lo quiso o lo autorizó, ojalá sepáis aprovecharlo.
No empecéis más que cuando podáis hacerlo diariamente, y obligaos a seguir haciéndolo así sin interrupción; si esto no depende de vosotros, aplazad su inicio hasta 10 años más [adelante]. Cuando hayáis terminado una primera lectura completa, volved a empezar una segunda lectura, igualmente sin profundizar mucho en las dificultades u obscuridades que no hayáis traspasado todavía.
Tras esta segunda lectura, haced igualmente una tercera lectura, y reconoceréis en ésta tercera que habéis avanzado bien en vuestro trabajo, y lo que habréis adquirido así por vosotros mismo se os quedará más profundamente impreso que si lo hubieseis recibido a través de explicaciones verbales, que siempre se borran en mayor o menor medida. Todavía os queda, antes de nada, interrogaros y escrutar con qué intenciones os libráis a este placer y al pesado trabajo que vendrá después. Reconoceréis pronto en vosotros un motivo doble: el primero, el más natural de todos, el de adquirir y aumentar vuestra propia instrucción. Pero, ¿no se mezclará en ello algo de esa curiosidad inquieta del espíritu humano que quiere conocer, comparar, juzgarlo todo con su propia luz, envenenando así todo los frutos de su búsqueda? El segundo, el de poder volverse útil para sus semejantes, motivo más loable de todos en apariencia, puesto que se enmarca en el ejercicio de la caridad cristiana, tan recomendable para todos.
Pero si entra en sus planes el aplicar la caridad a tal o cual persona, sociedad, localidad, manteneros en guardia, porque a menudo el amor propio se mezcla insidiosamente tras tan loables motivos, altera su pureza, corrompe todos sus frutos. He retenido como motivo más seguro el concentrarse sin elección personal en la multitud de los hombres preparados por la Providencia, la cual les dispondrá, así preparados, en relación con vosotros cuando llegue su tiempo. Entre esta multitud así dispuesta, este ejercicio tan recomendado de la caridad cristiana encontrará su plenitud sin peligros.
Impónganse, antes de empezar su primera lectura, un plan regular, definido para cada día y bien meditado, previendo los obstáculos accidentales o diarios que pudiesen aparecer, una regla fija, pero libre mientras dure, de la que no os permitiréis alejaros, de tal manera que cada día tenga un tiempo dedicado a esta lectura hasta el final del Tratado. Dedíquese a ella entonces de todo corazón y con toda la atención de la cual su espíritu será capaz alejando toda distracción.
Hago aquí distinción entre el espíritu y el corazón porque son dos potencias o facultades intelectuales que no hay que confundir. El espíritu ve, concibe, razona, compone, discute y juzga todo lo que le es presentado. El corazón siente, adopta o rechaza, y no discute, por ello he estado cerca de pensar que el hombre primitivo puro, que no necesitaba sexo reproductivo de su naturaleza, puesto que ni él ni los suyos estaban todavía condenados a la incorporización material que es hoy su suplicio y castigo, tuvo dos facultades intelectuales inherentes a su ser, que eran realmente los dos sexos figurativos reunidos en una persona, mencionados en el Génesis; sus traductores e intérpretes han materializado las expresiones de tal manera, en los siguientes capítulos, que es casi imposible reconocer en ellos verdad fundamental alguna. Porque gracias a la inteligencia, cuya sede reside necesariamente en la cabeza, podía, como puede ahora todavía, conocer y adorar a su Creador, y gracias a la sensibilidad que es su órgano del amor y cuya sede principal está en el corazón, podía amarle y servirle, lo que completaba el culto de adoración, de amor y de gratitud que le debía en espíritu y en verdad”.

“Leer el Tratado, vivir la reintegración...”, dice Jean-Baptiste Willermoz. Martines de Pasqually no dice otra cosa. Ni Saint-Martin, ni ningún teósofo, ni ningún iniciado de lo que fuera. Pero Martines lo dice en su lenguaje y, en cuanto al buen uso del Tratado, que este volumen ofrece a la escucha y a la traducción de los aficionados, auténticos filósofos, conviene que su voz sea aquí preponderante, y concluye: “Siempre he dicho que cada hombre tiene ante sí todos los materiales necesarios para hacer todo lo que he podido hacer en mi pequeña parte. Si el hombre quisiera, tendría potencia y poder[2]”. Sin olvidar que “la cosa es a veces dura para aquellos que la deseen antes de tiempo con demasiado ardor[3]”.






[1] Ver Tratado de la Reintegración, edición Dumas, 1974. Introducción de Robert Amadou.
[2] Carta a Willermoz, con fecha del 19 de septiembre de 1822, in Tratado de la Reintegración, edición Dumas. Introducción de Robert Amadou.
[3] Carta a Willermoz, del 7 de abril de 1770, in Tratado de la Reintegración, edición Dumas. Introducción de Robert Amadou.

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