“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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jueves, 27 de agosto de 2015

Invocación de Adán para su reconciliación


Martinès de Pasqually nos da a conocer, en uno de los pasajes más bellos y conmovedores del Tratado, la magnífica oración que Adán pronunció al Eterno, inclinando el rostro hacia el suelo, para obtener su reconciliación así como la de su posteridad, oración con la que cada Hermano del Régimen Escocés Rectificado podrá beneficiarse recitándola cuando sienta la necesidad de reencontrar el camino del arrepentimiento, encerrándose silenciosamente en la soledad de su cuarto para implorar desde ahí a su Padre que está en los cielos, oración que es también el enunciado de todos los atributos y Nombres divinos relacionados con el creador y que Adán, que los había despreciado, envidiado y negado, proclamaba ahora en una edificante alabanza de glorificación:

“Adán reconoció aún mejor la magnitud de su crimen. Acudió inmediatamente para gemir por su falta y pedir perdón por su ofensa al Creador. Se sumió en un retiro y allí, entre gemidos y lágrimas, invocó así al divino Creador: 
“Padre de caridad, de misericordia; Padre vivificante y de vida eterna, Padre Dios de los dioses, de los cielos y de la tierra; Dios fuerte y fortísimo; Dios de justicia, de trabajo y de recompensa; Eterno todopoderoso; Dios vengador y remunerador; Dios de paz, de clemencia, de compasión caritativa; Dios de los espíritus buenos y malos; Dios fuerte del Sabbath; Dios de reconciliación de todo ser creado; Dios eterno y todopoderoso de las regiones celestes y terrestres; Dios invencible, que existe necesariamente, sin principio ni fin; Dios de paz y de satisfacción; Dios de toda dominación y potencia de todo ser creado; Dios que aflige y recompensa cuando le complace; Dios cuatro veces fuerte de las revoluciones y de los ejércitos celestes y terrestres de este universo; Dios magnífico de toda contemplación, de los seres creados y de las recompensas inalterables; Dios padre sin límite de misericordia en favor de su débil criatura, escucha a aquel que gime ante ti por la abominación de su crimen. No es más que la causa segunda de su prevaricación. Reconcilia a tu hombre en ti y somételo para siempre. Bendícelo para que en el futuro se mantenga inquebrantable en tu ley. Bendice también la obra hecha por la mano de tu primer hombre, a fin de que ni él ni yo mismo sucumbamos a las peticiones de aquellos que son la causa de mi justo castigo y de la obra de mi propia voluntad. Amén”.
(Tratado de la Reintegración de los seres, 25) 

sábado, 22 de agosto de 2015

Materia aparente y Espíritu real.- Jean-Baptiste Willermoz


La materia no tiene y no puede tener ninguna realidad ni estabilidad absoluta, porque sólo Dios puede dar esa realidad a las producciones inmediatas de su esencia divina, como en efecto la ha dado y la continuará dando a los seres espirituales e inteligencias humanas ya que todas son emanadas de su seno, de donde toman la individualidad, la actividad, la inteligencia, la vida inmortal que los caracteriza, y se convierten de este modo, por su emanación del centro divino, en partícipes de la naturaleza misma de su principio generador que es Dios…..

[…] Pero el hombre primitivo, engañado y subyugado por los consejos pérfidos de su enemigo que sí conocía el destino de la materia (…), fue arrastrado al crimen, equivocando a su alrededor los designios de la justicia divina y destruyendo los de la misericordia, al anticiparse audazmente al tiempo que la justicia divina había decidido para la creación de la materia y agravando su crimen. Por ello, concluye su desgracia haciendo recaer sobre sí mismo y toda su posteridad el justo castigo expiatorio reservado a su seductor, puesto que por esta culpable anticipación acababa de crear su propia prisión.

Aquellos hombres seducidos por las apariencias que sin cesar sacuden sus sentidos, cuyos ojos materiales sólo ven en todo y por todas partes más que materia, que por ella caen en una especie de embrutecimiento que no les permite discernir ningún signo de espiritualidad en su ser pensante, se sublevarán contra nuestra aserción de que la materia solo es aparente y no tiene nada que ver con la realidad, pareciéndoles errónea y excéntrica, pero no es a ellos a quienes dirigimos nuestro aserto. Sabemos que son sordos y ciegos e incapaces de comprendernos. Les dejamos ahí, enterrados en esa alta ciencia a la que están tan aferrados. Pero hay una multitud de otros que, flotando aún en cierta incertidumbre, están sin embargo mejor dispuestos a asirse a la verdad cuando ésta se presenta ante ellos, y tienen necesidad de auxilio para ayudarles a percibirla. A éstos les decimos: buscad en las fuentes que la ocultan y no desfallezcáis en esta búsqueda”.


“Instrucciones” dirigidas a su hijo… - Jean-Baptiste Willermoz