“No podíamos pasar por alto esta clase convertida en la más intolerante, la más obstinada en su sistema y la más peligrosa, porque a veces se jacta de su ignorancia. Los que la componen, audaces y fuertes en sus decisiones, presuntuosos en sus reivindicaciones y dominados, tal vez sin darse cuenta de ello, por un orgullo sacerdotal, que a menudo sobrecoge el corazón de los más humildes, tienden a identificar su persona con el carácter sagrado del que están revestidos y fingen muy hábilmente el tono y el lenguaje desdeñoso de una morgue teológica, lo cual revela su secreto despecho por ignorar lo conocido, respetado y buscado por otros hombres estimables, instruidos y muy religiosos.Terminan abusando hasta querer persuadir de que todo lo que no es conocido por ellos ni por los maestros de sus primeros estudios resulta falso e ilusorio, y es una serie de errores y novedades peligrosas contra las que no se puede bajar la guardia. Esperemos que reconozcan su error y dejen sus funestas prevenciones, que sólo pueden privarles para siempre de lo que fue la fortaleza y el consuelo de sus predecesores en el ministerio sagrado que realizan.
Ya hemos dicho lo suficiente para justificar el consejo que dimos al comienzo de este artículo, el de estudiar con sentido las tradiciones religiosas escritas y las más secretas que no lo están. Ahora, volvamos a los medios personales dejados al hombre caído para poder alcanzar el conocimiento tan necesario para él de su Dios y de sus obras, y el no menos importantes de todas las relaciones esenciales que le unen a su creador”.Jean-Baptiste Willermoz, Cuaderno D 5º, Biblioteca Nacional de París, 1806-1818
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