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viernes, 23 de diciembre de 2016

El inefable misterio de la encarnación divina.- Jean-Baptiste Willermoz (1.730-1.824)


El arcángel Gabriel es enviado por Dios a la Virgen María en la pequeña ciudad de Nazaret, para anunciarle la gloriosa maternidad por la cual ella está destinada a cooperar en la gran Obra de la Redención de los hombres. La aparición súbita del ángel turba el alma de esta virgen tan pura; su pudor se alarma por la maternidad que le es anunciada, declarando no conocer a ningún hombre. Ella solo da su consentimiento cuando después de haber sido completamente tranquilizada sobre los medios, el ángel le declara que su maternidad sería la obra de Dios mismo por el intermedio del Espíritu Santo, y que su virginidad seguiría estando intacta.

En el instante mismo de su consentimiento comienza la realización el gran Misterio; ya que en ese mismo momento el Verbo de Dios, que es Dios mismo, la segunda Persona y el poder de la Santa Trinidad, obligado por su ardiente amor por las criaturas humanas, se une indisolublemente y para toda la eternidad al alma humana, pura y santa de Jesús que, por amor hacia sus hermanos y para reconciliarlos con Dios, al satisfacer para ellos la Justicia divina, se sacrificó a la ignominia, a los sufrimientos y la muerte.

El Verbo todopoderoso de Dios, a imagen y esplendor del Padre eterno, desciende de los cielos para venir a incorporarse con el alma humana de Jesús en el casto seno de la bienaventurada Virgen María, para ser eternamente una sola y única Persona con dos naturalezas distintas. Es en el momento de su consentimiento que el hombre-dios se forma corporalmente en el seno virginal de María, de su pura sustancia, de ese puro limo quintaesencia de la tierra virgen de su madre. Él se forma allí y se compone, al igual que los otros hombres que vienen para un tiempo sobre la Tierra, de una triple sustancia, es decir, de un espíritu puro, inteligente e inmortal, de una alma pasiva en la vida pasajera, y de un cuerpo de materia, pero de materia pura y no manchada que no procede, como en todos los demás hombres, de la concupiscencia de los sentidos, por el intermedio únicamente del Espíritu Santo, sin la ayuda de ningún hombre, ni de ningún agente físico de la materia. Es por este prodigio del amor infinito de Dios hacia su criatura amada y seducida, que ha quedado por su crimen para siempre esclava y víctima del Demonio, que se realizó el inefable e incomprensible misterio de la encarnación divina para la redención de los hombres, por Jesús-Cristo nuestro único Señor y Maestro, que quiso, para garantizar tal efecto, reunir en él por una unión indisoluble la naturaleza humana del prevaricador y su propia naturaleza divina.

Tratado de las dos naturalezas divina y humana reunidas individualmente para la eternidad en un único y mismo ser en la persona de Jesús-Cristo, Biblioteca Municipal de Lyon, ms 5940 nº 5.

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