“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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jueves, 21 de septiembre de 2017

Boletín Informativo del GEIMME Nº 55 de Septiembre de 2017

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BOLETÍN INFORMATIVO
Nº 55

21 de Septiembre de 2.017

S  U  M  A  R  I  O

 El Misterio
de la
Iglesia Interior

Entrevista con Jean-Marc Vivenza

El Hambre en el Desierto
según Jakob Böhme

Por Pierre Deghaye

La oración interior
en el
san-martinismo

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Valles de México


Ante la catástrofe que está asolando los Valles de México tras la reciente sacudida sísmica, hago llegar a nuestros Hermanos mexicanos, a todas sus familias y a todos los ciudadanos de esta ciudad nuestra solidaridad y preocupación. Sabemos que nuestros Hermanos del Triángulo Caballeros de la Luz nº 13 están colaborando como voluntarios en las labores de rescate y de asistencia humanitaria, y desde aquí quiero agradecer el esfuerzo que realizan y que en medio de esta desgracia responde, como no podía ser de otra forma, al espíritu propio de nuestra Orden, que es el mismo de toda persona de buena voluntad.

Os ruego a todos una oración para acompañar en espíritu, desde la distancia que nos separa, a todas las personas afectadas, y en particular a nuestros Hermanos.

Quiera el Gran Arquitecto del Universo, dado que la desgracia acaecida ya es irreversible, servirse de este dolor para despertar aún más en los corazones el amor al prójimo y la compasión, valores indispensable en toda verdadera comunidad humana que pretenda evolucionar hacia un modo de convivir solidario, justo y en paz.

Que así sea.

Iacobus, Serenísimo Gran Maestro / Gran Prior del GPRDH

viernes, 23 de diciembre de 2016

El inefable misterio de la encarnación divina.- Jean-Baptiste Willermoz (1.730-1.824)


El arcángel Gabriel es enviado por Dios a la Virgen María en la pequeña ciudad de Nazaret, para anunciarle la gloriosa maternidad por la cual ella está destinada a cooperar en la gran Obra de la Redención de los hombres. La aparición súbita del ángel turba el alma de esta virgen tan pura; su pudor se alarma por la maternidad que le es anunciada, declarando no conocer a ningún hombre. Ella solo da su consentimiento cuando después de haber sido completamente tranquilizada sobre los medios, el ángel le declara que su maternidad sería la obra de Dios mismo por el intermedio del Espíritu Santo, y que su virginidad seguiría estando intacta.

En el instante mismo de su consentimiento comienza la realización el gran Misterio; ya que en ese mismo momento el Verbo de Dios, que es Dios mismo, la segunda Persona y el poder de la Santa Trinidad, obligado por su ardiente amor por las criaturas humanas, se une indisolublemente y para toda la eternidad al alma humana, pura y santa de Jesús que, por amor hacia sus hermanos y para reconciliarlos con Dios, al satisfacer para ellos la Justicia divina, se sacrificó a la ignominia, a los sufrimientos y la muerte.

El Verbo todopoderoso de Dios, a imagen y esplendor del Padre eterno, desciende de los cielos para venir a incorporarse con el alma humana de Jesús en el casto seno de la bienaventurada Virgen María, para ser eternamente una sola y única Persona con dos naturalezas distintas. Es en el momento de su consentimiento que el hombre-dios se forma corporalmente en el seno virginal de María, de su pura sustancia, de ese puro limo quintaesencia de la tierra virgen de su madre. Él se forma allí y se compone, al igual que los otros hombres que vienen para un tiempo sobre la Tierra, de una triple sustancia, es decir, de un espíritu puro, inteligente e inmortal, de una alma pasiva en la vida pasajera, y de un cuerpo de materia, pero de materia pura y no manchada que no procede, como en todos los demás hombres, de la concupiscencia de los sentidos, por el intermedio únicamente del Espíritu Santo, sin la ayuda de ningún hombre, ni de ningún agente físico de la materia. Es por este prodigio del amor infinito de Dios hacia su criatura amada y seducida, que ha quedado por su crimen para siempre esclava y víctima del Demonio, que se realizó el inefable e incomprensible misterio de la encarnación divina para la redención de los hombres, por Jesús-Cristo nuestro único Señor y Maestro, que quiso, para garantizar tal efecto, reunir en él por una unión indisoluble la naturaleza humana del prevaricador y su propia naturaleza divina.

Tratado de las dos naturalezas divina y humana reunidas individualmente para la eternidad en un único y mismo ser en la persona de Jesús-Cristo, Biblioteca Municipal de Lyon, ms 5940 nº 5.

sábado, 26 de noviembre de 2016

La “Reforma de Lyon” buscaba restablecer la “unidad primitiva de la francmasonería”.

El renacimiento de la Orden la restituye en sus leyes primitivas
Jean-Baptiste Willermoz, 1809, ms. 5922/2 B.M. de Lyon

La prosperidad y la estabilidad de la Orden Masónica depende completamente del restablecimiento de la unidad primitiva

El Convento de las Galias ocupa un lugar muy significativo en la historia de la Francmasonería, pues el objeto de sus trabajos, de una naturaleza radicalmente novedosa, resultará en la concepción del Régimen Escocés Rectificado tal como lo conocemos y practicamos aún en el día de hoy.

Incontestablemente la “Reforma de Lyon” fue una tentativa de restablecer la “unidad primitiva” de la iniciación en medio de la multiplicación anárquica de sistemas que calificaba, severamente, de “arbitrarios”. Estos sistemas, diversos y variados, aunque cristianos y edificantes como lo eran igualmente todas las ramas de la francmasonería de la época, no obstante permanecían ignorantes de las bases del conocimiento iniciático real, desconociendo por completo los fundamentos de las verdades misteriosas olvidadas por la Iglesia y sus ministros según las declaraciones del mismo fundador del Régimen (*), lo cual hacía necesaria una reforma en profundidad.  

Es por esto que aquellos que se reunieron en Lyon en 1778 constituyeron un Régimen que ambicionaba reunir el conjunto de las Logias a fin de reconstituir una “unidad” sobre la base de un sistema extraído de la misma “cuna” de la auténtica “Tradición” y de los primeros misterios que presidieron la rehabilitación de Adán tras la Caída. 

Así lo estipula la Introducción del Código Masónico: “a falta de conocer el verdadero punto central, y el depósito de las leyes primitivas, suplieron el régimen fundamental por regímenes arbitrarios particulares o nacionales, y por las leyes que se les pudieran adaptar. (…) Masones de diversos lugares de Francia, convencidos de que la prosperidad y la estabilidad de la Orden Masónica dependía enteramente del restablecimiento de esta unidad primitiva, y no habiendo encontrado los signos que deben caracterizarla en aquellos que habían querido apropiarse de ella, enardecidos en su búsqueda por lo que habían aprendido sobre la antigüedad de la Orden de los Francmasones, fundamentada sobre la más constante tradición, llegaron por fin a descubrir su cuna; con celo y perseverancia han superado todos los obstáculos y, participando de las ventajas de una administración sabia e iluminada, han tenido la dicha de reencontrar los vestigios preciosos de la ancianidad y el objeto de la Masonería”. (Código Masónico de las Logias Reunidas y Rectificadas de Francia, 1778).

(*) “Todas estas cosas de las que se deriva un profundo sentimiento de amor y confianza, de temor y respeto y de gratitud de la criatura hacia su Creador, eran bien conocidas por los jefes de la Iglesia durante los primeros cuatro a seis siglos de cristianismo. Pero desde entonces, se han perdido progresivamente y se han borrado hasta tal punto que hoy en día (...) los ministros de la religión tratan de innovadores a todos los que sostienen la verdad”.- Carta de Willermoz a Saltzmann, del 3 al 12 de mayo de 1812, en Renaissance Traditionnelle, n° 147-148, 2006, pp. 202-203. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Del papel de la Virtud [o la “Ciencia del bien”].- Jean-Marc Vivenza

De su artículo “La Ciencia Iniciática del Hombre” 
publicado en el Boletín nº 26 del GEIMME de Septiembre de 2010.

Es indudable que “la ciencia dicha del bien” es esencial a la virtud, puesto que ¿cómo haríamos el bien sin conocerlo? Es una razón que se puede dar a favor del principio de Platón, pero no basta para justificarlo completamente, ya que Platón no dice sólo que el conocimiento es indispensable a la virtud, sino que es la virtud misma.

El problema, delicado, es que conocer el bien no es suficiente, hay que desearlo. Y quizás, no sólo desearlo en general, sino esforzarse en cumplirlo; y es este esfuerzo el que se puede considerar como la fuente de la ética humana; “Video meliora proboque, deteriora sequor” (veo y apruebo lo mejor, hago lo peor) dijo la Medea de Ovidio, y Racine, traduciendo a San Pablo, escribió también: “No hago el bien que amo, hago el mal que aborrezco” (Racine, Cántico Espiritual, Himno del Breviario Romano, El paisaje o paseo de Port-Royal-des Champs, Gallimard, 1999).

Así podemos decir, de manera general, que si en todos los hombres hay una parte negativa que procede de la ignorancia, también hay otra que viene de la voluntad -luchar contra las debilidades de la voluntad e iluminar las tinieblas de la ignorancia, esos son los dos grandes principios de la vía iniciática que, entonces, y sólo entonces, puede realmente ser un “camino de conocimiento y de espiritualidad”.

La visión del caminar virtuoso (“Solo la virtud devuelve al hombre a la Luz” - Ritual del Grado Aprendiz del Régimen Escocés Rectificado), pareció a los estoicos una renuncia a los deseos vanos, un desapego y una tranquilidad del espíritu. Para el sabio estoico, no es suficiente desapegarse de las pasiones, hay que separarse de la fuente de las pasiones, es decir, de las influencias externas que siembran la confusión en el corazón del hombre. El espíritu debe resignarse a la soledad. Pero, ¿es esto suficiente? En absoluto, puesto que la fuente de las pasiones reside en la sensibilidad. Habrá que agotarla descartando todo lo posible los sentimientos. Pero ¿acaso la inteligencia misma no es a su vez el principio de mil ilusiones y desórdenes? La duda, el orgullo, etc... Arranquemos pues esta raíz enferma, pide y exige el sabio. ¿Qué queda de ello? Yo y mi voluntad. ¡Vana ilusión! Mientras subsista el yo, el amor propio sigue viviendo y prosperando en él, y sabe tomar las formas más cambiantes y menos reconocibles en vez de morir a sí mismo. Angustiosa y difícil posición -insostenible quizás- morir a sí mismo, he aquí lo que es realmente sabio para el discípulo de Epícteto, es la única sabiduría posible. La sabiduría estoica pareció querer suprimir los instrumentos del resorte ilusorio, destruir la actividad discriminatoria en sí misma y hacer del hombre, antes de tiempo, lo que los maestros orientales denominan “un árbol muerto”.

Joseph de Maistre aclarará además que “la Redención, al no estar acabada, no cambió milagrosamente la naturaleza de las cosas, si es verdad que nos restituye el derecho de entrar en posesión de la herencia perdida, no nos exime de las condiciones necesarias para reconquistarla”. Y, de estas condiciones, la más importante que compromete toda la existencia del buscador es la muerte del viejo hombre, lo cual ocurre cuando el hombre acepta verse tal como es.

En una bellísima carta a Willermoz, Saint-Martin nos da el perfecto ejemplo de las disposiciones que deben presidir en nuestro corazón si queremos avanzar seria y auténticamente en el camino espiritual: “Le reitero mis súplicas para que me ayude a apartar de mí lo que me pueda hacer daño. Ilumíneme sobre los defectos de mi corazón, sobre los errores de mi espíritu y de mis obras. Amo el bien, amo la verdad, Dios lo sabe y para mi propio interés no dudaré nunca ni un minuto en dejar de lado todo lo que me indiquéis como perjudicial para la atracción que siento por la luz y por la virtud. (...) Tráceme mi camino, pronuncie mi sentencia, sufriré mi juicio sin murmurar” (29 de abril de 1785).

*

Esta magnífica disposición del alma, expresada por un indiscutible maestro del espíritu, es capaz de operar una abertura a través de lo creado, de modo que la luz se infiltre en el alma: “¿Qué es un hombre esencial?”, preguntaba a este respecto Jacob Boehme (1575-1624); “es un hombre en el que el espíritu ha abierto una brecha”, contestaba él mismo. Leamos, a este respecto, el bonito pasaje traducido por Louis-Claude de Saint-Martin “De la Aurora Naciente”, primera de las obras escritas por el visionario de Görlitz, en la cual nos explica el pasaje de la Luz en su espíritu: “pero cuando en esta aflicción, una ardiente y violenta impetuosidad arrastró hacia Dios mi espíritu, sobre el que tenía poco o nada de conocimiento, y mi corazón entero, mi afección, todos mis pensamientos y todas mis voluntades se reunieron con la intención de exprimir sin tregua el amor y la misericordia de Dios y no soltar la presa hasta que me bendijera, es decir, me iluminara por su espíritu santo, de modo que pueda comprender su voluntad y librarme de mi tormento, entonces el espíritu abrió su brecha. (...) A raíz de unos grandes asaltos mi espíritu penetró a través de puertas infernales hasta en la generación más interna de la divinidad, y allí fue abrazado por el amor, como un esposo abraza a su querida esposa. En cuanto a esta especie de triunfo en el espíritu, ni lo puedo escribir ni pronunciar; esto no puede sino figurar como si la vida estuviera engendrada en medio de la muerte; y eso se compara con la resurrección de los muertos. En esta luz mi espíritu vio enseguida a través de todas las cosas y reconoció en todas las criaturas, en las plantas y en la hierba, lo que Dios es, y cómo es, y lo que es su voluntad. También, en ese instante, en esa luz, mi voluntad fue llevada por un gran impulso a describir el Ser de Dios” (La Aurora Naciente, XIX; 10-13).

Esta abertura, esta brecha efectuada en su espíritu, Boehme la mira como la obra del Señor, el principio del proceso de renovación completa del ser, el comienzo del nuevo nacimiento sin el cual no hay vida espiritual real. Si Boehme está de acuerdo con la idea de la plena eficacia de la redención obtenida por los pecadores, de una vez por todas, durante el sacrificio sangriento y único del Cristo sobre la Cruz, es decir, la posesión de la entera liberación para los hombres de las consecuencias de sus pecados y del don gratuito de la Salvación para aquellos que acepten a Jesús como Salvador, considera, en cambio, que esta gracia sobrenatural, para ser eficaz, debe ser recibida imperativamente por un hombre transformado, regenerado. El estado de muerte espiritual en el que se encuentran los hombres frente a Dios Santo establece en efecto tal separación, tal distancia infranqueable entre los seres y la divinidad, entre las miserables criaturas culpables y el Dios Santo, que no es suficiente saberse salvado por el efecto de una pasiva recepción de la potencia redentora del Cristo, hay que renacer necesariamente consciente y voluntariamente a una nueva vida.

Es cierto que el perdón de los pecados fue conseguido perfectamente en el Gólgota, puesto que el Señor Jesús se entregó en pura, muy humilde y adorable víctima propiciatoria, “el Cristo murió por nuestros pecados” (I Corintios 15:3). Y a este título, la obra de salvación ya no está por esperar, ya se realizó. Pero le queda al hombre aceptar dejarse engendrar según “otro orden de cosas”, según el orden sublime e inefable del espíritu.

Es importante, pues, para cada uno, y esto podría ser el sentido de la vía iniciática, pasar del camino de la redención al de la iluminación, es decir, concreta y realmente, abrirse al fuego transformador, regenerador y trastornador del Espíritu en nosotros.

Aceptar ser “horadado” por el Espíritu, aceptar pasar por la vía de la iluminación, dejarse atravesar por el Espíritu, es así cómo comprometer verdaderamente el ser en dirección a la Luz, es osar la “de-creación” según la bella expresión de Simone Weil (1900-1943) de los límites que obstaculizan la recepción de las luces del Ser, puesto que, para retomar la palabra de Nicolás Berdiaev 1874-1948, “si el hombre espera el nacimiento de Dios en él, Dios espera el nacimiento en él del hombre. Y es desde esta profundidad desde donde se debe plantear el problema de la creación” (Autobiografía, 1968), problema extraordinariamente misterioso de la creación verdadera que es el de la generación espiritual.