“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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domingo, 2 de febrero de 2014

El Régimen Escocés Rectificado y el Iluminismo



En el siglo XVIIIº, el Iluminismo, corriente de una extraordinaria y abundante riqueza que sería difícil y presuntuoso querer resumir en pocas palabras, se caracteriza por una voluntad de reconocer por encima del hombre un conjunto de verdades superiores y misteriosas que sobrepasan ampliamente las débiles capacidades de la inteligencia discursiva.

En la encrucijada de numerosas influencias, el iluminismo se va a enriquecer de los ecos de los monasterios, de los “Hermanos del Libre Espíritu”, de la Reforma (Lutero y Calvino, apoyándose sobre la teología germánica que mostraba la posibilidad innovadora de una relación directa del hombre con Dios), de la extensa difusión de los escritos herméticos, de los textos de los cabalistas cristianos del Renacimiento, de las traducciones de las obras de los pensadores y filósofos de la antigüedad, la espiritualidad Rosa+Cruz, la disponibilidad de los escritos de los visionarios de Europa del Norte (Böhme, Gichtel, etc.), todo llevado por el soplo de una poderosa renovación mística (influencia de la Orden del Carmelo, innumerables fundaciones de congregaciones, desarrollo de la devoción personal, escritos espirituales de alto valor: Benoît de Canfeld, Pierre de Bérulle, Surin, Saint-Cyran, Fénelon, Señora Guyon, etc.), renovación que englobará a diversos círculos espirituales produciendo una atmósfera de intensa religiosidad.  
     
Esta corriente iluminista se prolongó durante un extenso periodo de tiempo desde el siglo XVIº, irradiándose después al siglo XVIIIº hasta el momento en que las logias operativas se abrieron a los letrados dejando de ejercer el “oficio”, y hasta los primeros años del siglo XIXº, llegando hasta la muerte de Jean-Baptiste Willermoz en 1824, si se quiere fijar una fecha, puesto que él ha sido sin duda el último y el principal de los últimos representantes en desaparecer.  

Así, el Régimen Escocés Rectificado fue profundamente deudor de esta corriente iluminista, en cuyo seno igualmente ocupan de forma eminente su lugar los discípulos de Louis-Claude de Saint Martin, corriente espiritual en la cual se inscribe el Régimen fundado por Jean-Baptiste Willermoz en 1778 durante el Convento de las Galias, sin la cual no se puede comprender, y de la cual participa plenamente y represente sin duda, una de las expresiones más exitosas del plano iniciático ligada a la suerte de la “Santa Orden” de la cual procede, a través de la Historia, su depositario por excelencia.

Esta corriente es igualmente heredera de un depósito, que la relaciona con todas las sensibilidades del esoterismo occidental, como recuerda Robert Amadou (+2006): “Pero este depósito, esta santa Orden de la que crecen ramas y ramificaciones, ¿cómo no anunciarlo de inmediato? El martinismo procede del esoterismo judeo-cristiano que procede del esoterismo universal. En su origen formal, sin embargo, en su unidad radical y bajo la multiplicidad de sus avatares, el martinismo remonta hasta Martines de Pasqually. Tres grandes luminarias trazarán el itinerario del martinista: Jacob Böhme, Martinez de Pasqually y Louis-Claude de Saint-Martin. Pero a constituir el depósito han cooperado también Jean-Baptiste Willermoz, el Agente Desconocido, la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa con sus mitos templarios y la herencia de los constructores góticos; y los grandes iluminados del siglo XVIIIº, William Law, Divonne, Eckhartshausen; y los fieles del pietismo, sobre todo los del primer despertar (…). No obstante, la perla de este depósito, su capital  inicial, es Martines quien la colocó, y es de él que la tienen los masones escoceses rectificados, los teósofos cristianos y a través de ellos los discípulos de Saint-Martin de los cuales muchos pertenecen a la Orden Martinista (R. Amadou, Prefacio de « PAPUS, MARTINES de PASQUALLY », Robert Dumas Éditeur, 1976, p. XVI).

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