“Sírvete del don sublime de la palabra, signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las necesidades del prójimo y para encender en todos los corazones el fuego sagrado de la virtud” (Regla al uso de las Logias Rectificadas, Artículo VI-I)

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martes, 4 de mayo de 2010

LAS CUATRO ENSEÑANZAS DE LA DOCTRINA RECTIFICADA


Primero: El hombre ha sido creado a imagen y semejanza divina, y en el estado primitivo glorioso que le era propio, gozaba de la inmortalidad y de la beatitud perfecta porque estaba en comunión directa y constante con el Creador, en unidad con él. Esto es lo que expresa el adjetivo glorioso, al que hay que tomar en su sentido más amplio en que aparece en las Escrituras, en donde la gloria pone de manifiesto la presencia inmediata y luminosa de Dios (en masonería la palabra gloria tiene este sentido: para todo masón, trabajar a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo es trabajar en presencia del Dios Creador).
El primer hombre, revestido con luz divina, es decir, participando de las virtudes y poderes que están en la esencia divina (lo que la teología cristiana oriental llama las energías increadas), participando sin ser él mismo de la esencia divina, tenía como destino ser el rey de este universo creado por Dios.
Segundo: Este hombre, por decisión de su libre voluntad, se ha desviado y separado de su Creador y ha caído. Y, en consecuencia, ha perdido la semejanza divina. Sin embargo, la imagen divina subsiste en él inalterada, porque la huella de Dios es inalterable. Esta imagen está deformada, se ha convertido en algo disforme, y esto es lo que simboliza el paso de Oriente a Occidente, de la luz a las tinieblas, de la unidad a la multiplicidad: Adán expulsado de ese lugar de luz y de paz total  (pax profunda) que era el Paraíso terrestre; y entendamos que el Paraíso terrestre no era en realidad un lugar, sino un estado del ser.
Este hombre separado de su origen, que es Dios, de su verdadero Oriente, es llamado por Willermoz, influenciado por Martinez de Pasqually, el hombre en privación. Y esta privación es absoluta. Esto conlleva un doble castigo, castigo exigido por la justicia divina, pero al que el hombre se ha condenado por sí mismo. El primero es que el hombre no está en unidad con Dios, en comunicación inmediata y constante con Él. Esto viene designado en los antiguos textos como la muerte intelectual, teniendo en cuenta que en el lenguaje de la época, intelectual quería decir espiritual, incorporal; nosotros diríamos ahora que el hombre caído está en estado de muerte espiritual.
Pero ha sufrido también un segundo castigo. La mutación ontológica radical que la caída del hombre ha provocado en él se manifiesta también por el hecho de que el cuerpo glorioso de que estaba inicialmente revestido, cuerpo de luz, cuerpo espiritual, se ha transformado en un cuerpo de materia sujeto a la corrupción y a la muerte; de suerte que, condenado a la muerte espiritual, lo está también a la muerte corporal.
En este estado, a partir de ahora el hombre se encuentra dotado de una doble naturaleza: su naturaleza espiritual, gracias a la cual continúa siendo imagen de Dios, y que ha conservado; y la naturaleza animal corporal que le ha valido su caída y que le asemeja a los animales terrestres.
Y es víctima por ello de horribles tormentos. Como ser espiritual, aspirante por su propia naturaleza a la unidad con Dios, sufre indeciblemente por su ruptura con él. Como ser animal, se ha convertido en el esclavo de sus sensaciones y necesidades físicas y en juguete de las fuerzas y elementos materiales. En fin, como ser doble, a la vez espiritual y animal, está desgarrado y descuartizado por el antagonismo entre las aspiraciones y tendencias contrarias de sus dos naturalezas.
Trágica es, pues, la condición actual del hombre.
Tercero: Sin embargo, el Régimen Rectificado nos enseña que esta privación absoluta, que se ha convertido según la justicia divina en definitiva, no lo será en realidad a causa de la entrada en juego de la misericordia o clemencia divina, la cual aparece en el instante en que el hombre se arrepiente. Ahora bien, arrepentirse es volver a encontrarse a sí mismo, es recuperarse. Es desviarse de las tinieblas y hacer frente de nuevo a Oriente en donde se encuentra la Luz. Es ponerse en situación de ascender a sus fuentes, a su origen. Entonces es cuando el trabajo de iniciación es verdaderamente posible. Pues la iniciación es uno de los medios utilizados por la misericordia divina (y esto, desde el primer instante de la caída) para permitir al hombre recuperar su estado original restableciendo en él la semejanza a la imagen divina, restaurando en él la conformidad del tipo al prototipo, del hombre a Dios.
Por esta razón se afirma insistentemente que el verdadero y único objetivo de las iniciaciones es el de preparar a los iniciados para descubrir el único camino que puede conducir al hombre a su estado primitivo y devolverle los derechos perdidos. Texto a parangonar con aquel otro en el que Louis-Claude de Saint Martin expone que el objeto de la iniciación es el de anular la distancia que hay entre la Luz y el hombre, o el de acercarle a su origen, reponiéndole en el mismo estado en el que estaba en un principio.
La iniciación es una consecuencia de la caída; consecuencia no fatal, sino providencial; no obligada sino deseada por la misericordia divina para contrarrestar la caída y anular sus efectos. Es un auxilio de la Providencia al hombre, que no le ha faltado nunca a lo largo de su historia, y por esta razón las sucesivas formas que adoptó la iniciación a lo largo de los tiempos (y la masonería es una de ellas) estuvieron en relación con las vicisitudes temporales del hombre, que sin cesar se debate entre la caída y el arrepentimiento.
Captareis también, al mismo tiempo, no sólo la utilidad, sino la necesidad de una enseñanza conexa con la iniciación. Tiene como fin hacer que el hombre tome conciencia, por un lado, de su estado presente y , por otro, del estado que era el suyo original, y que puede volver a ser suyo. El objetivo es evidente: producir en el hombre ( en el iniciado) un cambio de estado de conciencia, de modo y manera que permita el hacer posible el cambio de estado del ser que debe realizar el trabajo iniciático. Los dos (estado de conciencia y estado del ser) están ligados.
Es por esto por lo que el rito trata sobre el tema de la construcción del templo, de su destrucción y su reconstrucción, que es la transposición de forma constructiva del tema de la semejanza de imagen, sucesivamente perdida y después recuperada, ya que, en última instancia, el templo no es otra cosa que el hombre.
Cuarto: Hay una cuarta enseñanza con la que terminaremos y que de todas es la más esencial: ¿Puede el hombre operar por sí mismo este restablecimiento, esta reintegración en su estado primitivo y en los derechos que ha perdido?. Absolutamente, no. Sería, por su parte, hacerse culpable de una empresa orgullosa similar a la que provocó su caída original. Esta reintegración, es decir, esta vuelta a la integridad primera, exige la mediación de un ser que, a la manera del hombre, esté dotado de una doble naturaleza, de una parte espiritual y otra corporal. Sin embargo, a diferencia del hombre actual, cuyas dos naturalezas están corrompidas por la caída, están las dos en estado de pureza en ese ser, de inocencia y de perfección gloriosa como lo estaban inicialmente en el hombre.
Entenderéis ahora de quién se trata y quién es aquel a quien nuestros textos llaman el Divino Mediador. Los textos son, en lo relativo a su identidad, perfectamente claros:
"(…)Todas las relaciones entre la misericordia divina y los culpables habían sido aniquiladas y la desgracia actual del hombre sería inexplicable si esta misericordia no hubiera empleado un tonificante infinitamente poderoso para levantar al hombre de su funesta caída y colocarlo de nuevo en el que era su primer destino." 
No ignorareis cuál ha sido este tonificante. En efecto, ¿y quién otro que no un ser que no sea Dios, que participe de su esencia, podía encadenar el poder de aquel que había subyugado al hombre?.
"Inmediatamente después del crimen del hombre, este agente poderoso acudió a manifestar su acción victoriosa sobre los culpables en el templo universal; la manifestó especialmente en el tiempo a favor de la posteridad del hombre y para vergüenza de su enemigo, uniendo su Divinidad a la humanidad; en fin, no cesa de manifestarla en todos los rincones del Universo. He aquí, mi querido hermano, los auxilios divinos y eficaces que el hombre, a través de su arrepentimiento, transmite a su posteridad y de los que nadie puede participar si no actúa en nombre y en unidad con este Agente, reconciliador universal."
He aquí porqué, al término de la iniciación masónica lo que el Régimen Rectificado ofrece para que lo contemplen sus miembros, no es un renacimiento, sino una resurrección. Hemos de anotar en este sentido que desvelar al término de la iniciación la resurrección de Cristo no es exclusivo del Régimen Rectificado; esto se encuentra también en otros sistemas tanto franceses como inglés. La particularidad de este Régimen es, en cambio, la de incluirlo en una perspectiva metafísica y ontológica coherente, fuerte y concretamente aplicable al hombre.
He aquí también por qué, una vez llegado a este término, el templo sucesivamente construido, destruido y reconstruido, desaparece, como desapareció el templo de Salomón, siendo la meta final la Jerusalén Celeste, la Ciudad Santa donde no hay ya templo, pues, como dice el Apocalipsis (21/22), el Señor Todopoderoso es el Templo, así como el Cordero. En efecto, no lo olvidemos, el templo que nos concierne verdaderamente es el hombre, y la meta última del hombre es la identificación con el "templo no hecho por la mano del hombre": el Cristo resucitado.
Finalmente, por esto la Orden es Cristiana, y no está solamente impregnada de un vago cristianismo. Ello justifica que sólo pueda admitir a cristianos, es decir, a hombres que profesan la fe de Cristo. Esta selección, o esta elección, no obedece a ningún otro motivo más que a la necesidad metafísica referida anteriormente. Porque la iniciación tal y como la concibe Willermoz, según las enseñanzas de Martínez, y que nos ha legado, no funciona de otra manera, no puede funcionar de otra manera; y que, por utilizar un pasaje ya citado, constituye un auxilio divino y eficaz (…) en el que nadie puede participar si no actúa en nombre y en unidad con este Agente reconciliador universal que es el Cristo. Ahora bien, ¿cómo poder actuar en nombre y en unidad con Cristo si no se tiene fe en Él?.

martes, 20 de abril de 2010

PRINCIPIOS DE RECONOCIMIENTO ENTRE GRANDES PRIORATOS RECTIFICADOS

  1. Fidelidad a la santa religión cristiana, testimoniada por la fe, tal cual se expresa en el símbolo de Nicea y afirmada en nuestros rituales: “El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que son Tres en Uno”.
  2. El más estricto apego a los Principios y Tradiciones, tanto masónicas como caballerescas, del Régimen Escocés Rectificado que se traducen en profundizar en la fe cristiana así como en el estudio de la doctrina iniciática enseñada por la Orden.
  3. El perfeccionamiento de uno mismo por la práctica de las virtudes cristianas, a fin de vencer sus pasiones, corregir sus defectos y progresar en la vía de la realización espiritual.
  4. La práctica constante de una beneficencia activa y esclarecida hacia todos los hombres, sin distinción alguna.
  5. La constitución de un Régimen en un cuerpo único subdividido en tres clases de las cuales dos son ostensibles: la clase masónica y la Orden caballeresca, manteniéndose éstas sin confusión ni separación alguna, y una secreta: la Profesión.
  6. La escrupulosa práctica del Régimen, integralmente y en su integridad tal como se define en el punto V.
  7. La práctica integral de los rituales auténticos, tanto caballerescos como masónicos, del modo que se establecieron en 1778, 1782, 1785 y 1809.
  8. Mantener relaciones de cooperación entre nuestros Grandes Prioratos Rectificados, establecidas a nivel de establecimientos caballerescos, y de otra entre los establecimientos masónicos (Directorios).

sábado, 17 de abril de 2010

Manuestrito Dumfries de 1710 - El Deber del Masón



Que todo hombre que sea masón o que entre en la asociación para ampliar y satisfacer su curiosidad preste atención a la siguiente obligación.
Si alguno de vosotros es culpable de uno de los actos inmorales que siguen, vea de arrepentirse y enmendarse con premura, pues hallaréis que es duro caer en las manos de nuestro Dios irritado; y muy especialmente vosotros que estáis bajo juramento, cuidáos de preservar la promesa y juramento que habéis hecho en presencia de Dios Todopoderoso. No imaginéis que una restricción mental o un equívoco pueda servir ya que, podéis tener la certeza, cada palabra que habéis pronunciado durante todo el tiempo de vuestra recepción es un juramento, y Dios os juzgará según la pureza de vuestro corazón y la limpieza de vuestras manos. Jugáis con una herramienta de filo cortante, cuidáos de que vuestra salvación no quede privada por una satisfacción aparente.

(Deberes generales)
Primeramente, serviréis al verdadero Dios y observaréis sus preceptos en general y particularmente los Diez Mandamientos entregados a Moisés en el monte Sinaí, tal como los hallaréis expuestos íntegramente en el pavimento del templo.
En segundo lugar, seréis fiel y constante para con la Santa Iglesia católica (7) y rehuiréis, según vuestro conocimiento, toda herejía, cisma o error;
3º) Seréis leal a la logia y guardaréis todos los secretos que a ella se refieran;
4º) Seréis leal al Rey legítimo del reino, rogaréis por su salvación en toda ocasión propicia en que rezaréis por vos mismo, y no tomaréis parte en ningún plan de traición hacia su persona y su gobierno:
5º) Os amaréis y seréis leales los unos con los otros y haréis a vuestros prójimos o compañeros tal y como querríais que os hicieran;
6º) Mantendréis relaciones leales y confiadas con todos aquellos maestros y compañeros que sabréis que han sido recibidos regularmente en la orden; preservaréis sus secretos, os opondréis con todas vuestras fuerzas a que se les perjudique, apoyaréis su honor y su prestigio;
7º) Que todos los masones dispongan de una verdadera logia, estancia o sala para hablar y juzgar de todo lo tocante a la honestidad y conducta moral, donde podrán reavivar sus recuerdos sobre desaparecidos eminentes;
8º) Sed leal y honesto hacia el señor o patrón, haced su obra fielmente, haced todo lo posible para asegurar su provecho y beneficio, no le estaféis en nada, sea lo que sea, para que no tanga motivo alguno de queja y que obtengáis honor por ello;
9º) Llamaréis “masones” a vuestros compañeros y hermanos, y no les daréis apodos irreverentes que pudieran dar pie a disputas, divisiones y arrebatos que pudieran ser causa de escándalo;
10º) Que ningún maestro o compañero, por vicio o impiedad, induzca a la mujer, la hija o la sirvienta de otro compañero al adulterio o fornicación;
11º) Poned mucho cuidado en pagar fiel y honestamente vuestra cuenta (escote, cuota): comida, bebida, lavandería y alojamiento, cuando estáis en pensión;
12º) Aseguráos de que, allá donde os alojéis, no se cometa exceso alguno por cuya causa el Oficio pueda ser difamado;
13º) Observad atenta y fielmente el dia del Señor, absteniéndoos de toda obra y tarea mala, dedicáos a emplear ese día al servicio y búsqueda del verdadero Dios, a evitar que las facultades de vuestra alma vagabundeen tras las vanidades de este mundo, a rogar a Dios que santifique vuestra voluntad, vuestra inteligencia y vuestra memoria así como a vuestra razón y a vuestros sentimientos;
14º) Considerad asunto propio aliviar a los pobres según vuestro talento y vuestros recursos, no dejéis que vuestra prudencia suplante a vuestra caridad, con la idea de que éste o aquél es indigno o no está necesitado, muy al contrario no perdáis ocasión, ya que dáis por amor a Dios y en obediencia a sus mandamientos;
15º) Visitad a los enfermos, reconfortadles, orad por ellos y no les dejéis en un desamparo que esté en vuestra mano socorrer; si Dios les llama de aquí abajo, participad y asistid a sus obsequias;
16º) Sed bueno y afable con todos, pero muy especialmente con las viudas y los huérfanos, ponéos decididamente de su parte, defended sus intereses, aliviad su indigencia: incluso si es pan echado a inciertas aguas, por la bendición particular del cielo se os devolverá con un interés septuplicado y se os garantizará una inversión en el otro mundo;
17º) Nunca beberéis hasta embriagaros, ya que es una ofensa a Dios y, además, seríais entonces capaz de revelar los secretos de la logia y así haceros perjuros;
18º) Os abstendréis de toda diversión escandalosa y profana, de juegos de azar y de cualesquiera otros juegos ruinosos;
19º) Desterraréis cualquier clase de lenguaje lascivo así como de todo lenguaje, posturas y gestos obscenos, puesto que todo ello sólo place al Maligno y nutre la lujuria;
Estos son los deberes generales a los que todo masón debería atenerse, sea maestro o compañero. Es muy deseable que los conserven cuidadosamente en su corazón, su voluntad y sus sentimientos; y, haciéndolo, se harán famosos en las futuras generaciones. Y Dios bendecirá a su posteridad y les dará un hermoso talento y distribuirá sus descendencias en agradables lugares.

Manuscrito Dumfries de 1710 - Preguntas referentes al Templo



1. ¿Qué significa el Templo?
-  El Hijo de Dios y, en parte, la Iglesia; el Hijo padeció que su cuerpo fuese destruido y resucitó al tercer día, y edificó para nosotros la Iglesia cristiana, que es la verdadera iglesia espiritual.
2. ¿Qué significa el mármol blanco?
-  Cristo es el mármol blanco sin mácula, la piedra que los constructores han rechazado, pero que Dios ha escogido entre las restantes para que el Templo pueda construirse.
3. El misterio de la madera de cedro.
-  La madera de cedro, de ciprés y de olivo no estaba sujeta a la putrefacción y no podía ser devorada por los gusanos; de igual modo, la naturaleza humana de Cristo no estuvo en absoluto sujeta a la putrefacción ni a la corrupción.
4. El misterio del oro.
-  El oro y las piedras preciosas significan la divinidad de Cristo, en quien ésta reside plenamente, pues él es su fuente.
5. El misterio de los querubines.
-  En primer lugar, significan la gloria celeste y la vida eterna venidera; presentados a imagen del hombre, representan la asamblea de ángeles benditos y de santos que cantan Te Deum laudamus.
-  En segundo lugar, los dos querubines (12) sobre el propiciatoria en el Coro Santo representan el Antiguo y el Nuevo Testamento conteniendo la doctrina de Cristo y, al igual que sus alas se tocan la una con la otra, así el antiguo y el Nuevo testamento están uno junto a otro, el fin del uno comenzando el otro, uno conteniendo el primer mundo y el otro el fin del segundo mundo; ambos se relacionan con Cristo, a quien se enviaron los ministros de dios.
6. El misterio de la puerta de oro del Templo.
-  Cristo es la puerta de la vida, por quien debemos entrar en la eterna felicidad; los dos batientes de la puerta significan el doble conocimiento que debemos tener antes de penetrar: es decir, de su persona y de su función.
7. ¿Qué significa el velo?
-  El Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, suspendido sobre el altar de la Cruz, es el verdadero velo colocado entre Dios y nosotros (13), poniendo en la sombra por sus llagas y y su sangre la multitud de nuestras ofensas, para que nos volvamos aceptables a Dios.
8. El Arca de la Alianza.
- Representa tanto a Cristo, salvador nuestro, como los corazones de los fieles. Puesto que, en el pecho de Cristo, se hallaba la doctrina, tanto de la Ley como del Evangelio: también es así para los fieles, aunque en distinta medida. Cristo fue el verdadero maná que descendió para dar vida al mundo.  Las Tablas de la Ley nos incitan al amor y a la obediencia. La vara de Aarón cubierta de flores significa la dulzura del Evangelio y la gloria de nuestro gran sacerdote Jesucristo, cuya imagen fue Aarón.
9. El misterio del altar.
-  El altar de cuatro cuernos de oro,  parcialmente en madera de acacia y  parcialmente en oro con recubrimiento de oro, representa la unidad de la humanidad y de la divinidad de nuestro Salvador; en efecto, al igual que lo que era naturalmente incorruptible se embellecía con oro, asimismo la humanidad de Cristo, no sujeta a la putrefacción- adornada por la gloria celeste de la divinidad y unida en su persona a la naturaleza divina, ascendió a los cielos y se halla entronizada a la derecha de Dios su Padre, coronada por la corona de majestad y de alegría eterna.
10. El misterio del candelabro de oro.
-  El candelabro de oro, con sus seis brazos y sus siete luces, representa a Cristo y a los ministros. Cristo, el fundamento, es el sumo sacerdote y la luz del mundo que nos ilumina y nos guía hacia la vida eterna; los doctores e intructores de la Iglesia son las ramas, que Cristo ilumina con la santa doctrina del Evangelio; por ello, no deben separarse de Cristo, sino que, por la luz de la doctrina, han de ser una lámpara en nuestros pasos; y, así como todas las ramas quedaban reunidas en el candelabro, así cada ministro e hijo de Dios debe estar unido al cuerpo de Cristo sin separación alguna. Las flores y los lirios designan las gracias de su Espíritu que ha concedido a los ministros de la fe. Las luces y las lámparas recuerdan a todos los ministros de Dios que le den sus cuidados y su celo.
11. El misterio de la mesa de oro y de los panes de la Presencia.
-  La mesa rodeada de un precioso recubrimiento significa los ministros del Evangelio, los panes representan a Cristo, que es el pan de vida.
12. El misterio de la viña de oro y de los racimos de cristal.
-  La viña al Este del Templo, hecha de oro relumbrante, asemeja a nuestro Cristo, que se comparó a sí mismo con una viña y a los fieles con sarmientos; los racimos de cristal representan la doctrina del Evangelio y las obras de los fieles, que son la fe, el amor, la esperanza, la caridad, la paciencia, la plegaria y las acciones de gracias para quien quiera que crea.
13. El estanque de bronce, su misterio.
-  El estanque de bronce era una imagen del bautismo y del agua viva que salía de las llagas de Cristo, representando los doce bueyes a los doce Apóstoles.

viernes, 16 de abril de 2010

BENEFICENCIA


En la tradición cristiana, la beneficencia como tal es enteramente dependiente de la tercera y más alta de las virtudes teologales: la caridad. Y hay que entender por virtudes teologales, como bien dice Santo Tomás de Aquino en su "Suma Teológica", aquellas por las que nos orientamos hacia Dios, primer principio y fin último de todas las cosas.

Nuestro mundo actual confunde la solidaridad con la beneficencia que tiene un sentido mucho más profundo. La práctica activa de la beneficencia, como virtud cristiana y masónica, esta ligada a la caridad, virtud teologal, y no a al concepto social de solidaridad, como se cree a menudo hoy en día, en estos tiempos en los que "lo humanitario" deviene mucho más rentable en el plano de la propaganda y la captación de fondos públicos y privados.

Por mucho dinero que pueda reunir cualquier Obediencia Masónica nunca superará lo recaudado en uno de estos telemaratones, que las distintas cadenas de televisión organizan normalmente en el mes de diciembre con el fin de recaudar fondos a favor de los afectados por la esclerosis múltiple, el sida, la fibrosis quística, etc, a los que acuden todos los políticos y famosos para dejarse ver y "salir en la foto" junto a estas encomiables causas. En consecuencia, si entendemos solamente la beneficencia como un acto de dar dinero la Masonería quedaría equiparada, o incluso por debajo, a cualquier otro tipo de organización con fines sumamente respetables, pero no justificaría la existencia de nuestra Institución que tiene el ejercicio de la beneficencia como una de sus principales razones de ser.

Para la Masonería Rectificada la noción de Beneficencia abarca mucho más, tiene un concepto mucho más amplio. No en vano, la condición más alta a que podemos aspirar la denominamos "Caballero Bienhechor (Benefactor) de la Ciudad Santa".

La solidaridad forzosamente debe surgir de la virtud de la justicia. Es un deber de justicia, como es un deber de justicia rendir culto al Dios único, nuestro Creador ("Vere dignum et justum est", dicen todos los prefacios eucarísticos).

A este título, la solidaridad es, no ya respetable, sino necesaria, ya que es un deber de justicia el permitir a aquellos que no tienen nada, tener el mínimo conveniente a la dignidad humana.

Sin embargo, y a la vista de todo lo que acabamos de decir, sería culpable querer reducir la caridad, una de cuyas pruebas traducida en actos, es la beneficencia, a la caridad. La solidaridad como hecho social, infinitamente respetable ciertamente, surge de la sola voluntad del hombre, la caridad, por el contrario, restaura al hombre en su vocación de ser hijo de Dios por y en Cristo.

Esto es lo que viene a decir muy exactamente el conde Henri de Virieu en su Memoria sobre la Beneficencia, presentada el 29 de julio de 1782 en el Convento de Wilhelmsbad:
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"La virtud que nombramos beneficencia es esta disposición del alma que hace operar sin descanso el bien a favor de los otros, sea de la naturaleza que sea. Esta virtud abarca pues necesariamente un campo inmenso, ya que siendo su esencia operar el bien en general, todo lo que el espíritu pueda concebir de bueno en el universo es de su incumbencia y debe ser sometido a su acción. Es de esta manera que el hombre debe contemplar y practicar la virtud por la que se convierte en lo más parecido a su principio infinito del que es imagen, a este principio de bondad que, queriendo siempre la felicidad de todas sus producciones sin excepción alguna, actúa continuamente para procurársela, siendo así eterna e infinitamente bienhechor."
Y Virieu añade estas palabras de capital importancia que ilustran maravillosamente lo que se acaba de decir y que nos dan la medida de lo que debe ser el corazón de la espiritualidad propia del Régimen Rectificado:
"Tal es la idea que debemos formarnos de la beneficencia, que debe extenderse sin excepción a todo aquello que pueda ser verdaderamente bueno y útil a los demás, que no debe descuidar ninguno de los medios posibles para alcanzarlo. Aquel que se limita a dar los socorros pecuniarios a la indigencia hace realmente un acto de beneficencia, pero no puede obtener el título de bienhechor; no menos que aquel que cree haberlo satisfecho todo protegiendo la inocencia, o aquel otro que se circunscribe a aliviar a sus Hermanos sufrientes, o incluso aquel que en un orden muy superior de cosas hiciera consistir toda su beneficencia en iluminar e instruir a sus semejantes.

Todos estos bienes, tomados por separado, no son más que ramas de un mismo árbol, que no se pueden desgajar sin quitarles la vida. Pero sólo merece verdaderamente el título de bienhechor aquel que, convencido de lo sublime de su esencia, considerando la grandeza de su naturaleza formada a imagen y semejanza del principio eterno de toda perfección, la vista puesta sobre esta fuente infinita de toda luz, de todo bien, para imitarla y cumplir así los deberes sagrados que por naturaleza le son impuestos, siente que, al igual que la bondad eterna abraza a todos los seres, a todos los tiempos, a todos los lugares, igualmente la beneficencia, que no es mas que la manifestación de la bondad, debe ser sin límites; que creado a imagen y semejanza divinas, viola su propia ley cuando olvida el deber de imitar sin descanso su modelo y no manifiesta su existencia a todos los seres si no es por sus buenas obras; que nacido para ser el órgano de esta infinita bondad, no debe jamás cerrar la mano destinada a repartirla, a propagar sus efectos, que de acuerdo a las circunstancias y sus medios dá, aconseja, protege, alivia, instruye; que piensa y actúa sin cesar por el bien de sus semejantes, no dejando de actuar si no para volver a empezar, haciendo que ésta tarea perdure por toda su existencia, y que en fin, si los límites de sus facultades no le permiten recorrer a la vez esta inmensa carrera, abraza al menos en su corazón, su voluntad, sus deseos, todos los medios imaginables de operar el bien y todos los seres susceptibles de sentir sus efectos.

Sería pues abusar profundamente querer conceder el titulo general de beneficencia sólo a los actos particulares de esta virtud cuya esencia es abrazar sin excepción todos aquellos actos que puedan tender a hacer el bien de la humanidad."
Después de la lectura de este admirable texto, puede uno mesurar perfectamente bien la catástrofe actual que representa la reducción de la caridad a la sola solidaridad. La caridad es don y olvido de uno mismo, mientras que la solidaridad "mediática y ostentatoria" no es mas que una faceta del orgullo humano (sin contar que su eficacia para aliviar los males es a menudo dudosa).